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Murió Caloi

8 May

Esto de escribir poco y hacerlo en situaciones algo tristes es hasta cansador.  Hoy falleció Caloi, el historietista, guionista, dibujante… creador de Clemente, cuyas tiras… no, pero todo esto se puede leer mucho mejor en el blog Dónde estamos parados, del amigo Fernandoc.

No voy a caer en nada más que lo que es la noticia en sí, y ni aún así me puedo poner a escribir o diagramar una “nota” o posteo al respecto, es una tristeza nada más. ¿Qué hay en el fallecimiento de alguien que uno no conoció más que por sus trabajos que nos puede poner tristes? No es ni un debate ni un dilema ni algo que deba explicarse, es algo que se nota y nada más. Por mi parte están aquellas tardes con la musiquita de Caloi en su tinta de fondo y mi hermano y yo jugando a algo, interrumpiendo alguna carrera de autitos para ver El Perro Negro

O aquél chiste gráfico que tenía pegado en la pared de mi pieza durante la adolescencia, que no he podido encontrar por internet ni tampoco salvar de alguna limpieza general.Aunque a falta de esa bien vale otra que me une a un viaje reciente.

O los festejos de Clemente, como buen hincha de Boca, cosas que no se olvidan, ¿no?

 O el sentimiento de que de a poco se achica un poco todo… o que vamos en un mismo sentido.

Un viaje a Chile

14 Dic
La última vez que visité Chile tenía 5 años. Al menos eso demuestra una fotografía del año 1986, mes de febrero. Estamos (creo) a los pies de un micro. La familia a pleno. Mis padres y mis tres hermanos. Si mal no recuerdo tengo una remera color rojo y azul, y un short, aunque bien debo estar inventándome una ropa que jamás tuve.  Del mismo modo que ahora (casi a ciegas) no puedo recrear la escena que tantas veces vi en aquella fotografía cuadrada y más bien pequeña, en aquél instante en que alguien nos retrataba no podía tener conciencia de lla situación en que podía estar más allá de mi familia.
Mis recuerdos son más bien vagos e inventados, surgen de relatos de los grandes.  Sí tengo la memoria de unos caramelos sueltos confitados, a los que yo llamaba porotos dulces.  Sí recuerdo estar setnado en una mesa comiendo eso con muchos chicos de la edad de mis hermanos, es decir, mayores que yo. Niños y niñas que saboreabamos de la misma bolsa de dulces.  Tengo recuerdos de un niño, un bebñé, con quien me saqué una foto en una silla.  Recuerdo a mi tía María dándome una indicación que no llegué a entender. Y una foto en brazos de mi abuelo. A él lo recuerdo borroso. No tengo mucha más memoria de aquél viaje.
Pasaron años.  Mi niñez fue arrastrada por un tsunami imparable y mi adolescencia se fue como el linyera que se pierde en el horizonte de la vía del tren con destino a alguna estación amable.  Con ese tiempo aprendí a mirar el pasado de la manera en que lo hacen los que hace 20 años llamaba señores.  Tomé conciencia de qué fueron los 80, los 70. O al menos eso intenté.  Me encontré en una nueva posición frente a todo. Me enamoré. Caminé. Trabajé. 
Un día volví. El motivo del viaje era similar a aquél que realicé a mis 5 años. Familiar, con otros integrantes. En algún momento, mientras bajo nosotros se alzaba la majestuosa Cordillera de los Andes, me motivó una sonrisa la idea de que la última vez que viajé tenía menos edad que esa relación, la cual era motivo casi excluyente de ese viaje.  
Ese día que volví, no parecía ser más que ello. Era una ciudad desconocida, nueva. Un aire distinto, un horizonte que se recortaba hacia arriba.  Una tonada familiar. Un gusto que me daba cierta nostalgia. Un extraño sabor a leyenda que me aceleraba la sangre de vez en cuándo.  De pronto todo se volvió como encontrar aquella foto, tirada en el cajón grande del mueble del comedor.  Pasar un paño y notar que se volvía más nítida.  Allí estaba yo, con mis 5 años, mis pantalones cortos, mis medias blancas, mis zapatillas negras y mi corte de pelo casco.
Allí lejos quedó, finalmente, el recuerdo. Ha pasado a ser lo que es.  No fue hasta entonces que me di cuenta que era algo pendiente. El recuerdo comienza a ser cuando se logran desprender de él los hilos que arrastramos a cada paso.  Uno se desprende de los recuerdos, pero jamás de aquello que lo ha ligado a él.

En la otra orilla…

27 Ago

“Y si no me encontrás, quisiera que mires al mar…
yo estaré mirándolo en otro lugar… “

Permiso

10 Ene
Hoy murió María Elena Walsh.  Poetisa, compositora de las canciones infantiles que llenaron las salitas de colores de generaciones. Personalmente no recuerdo en qué momento pude haber aprendido los clásicos que saben todos, no tengo recuerdos de haber tenido un casette de ella, ni tampoco recuerdo haber preguntado nunca quién era.  No soy, tampoco, un seguidor de su obra.  Recuerdo, sí, un momento en que se quejó por la carpa blanca de los docentes frente al Congreso.  
Pero como persona de letras, de esas que se apropian del sentimiento de miles para hacerlo verso, es imposible no tomar alguna de sus obras para decir algo. Aunque ese algo quede entre dos personas, y aunque de esas obras, se resalten algunas líneas para mensajear algo distinto a lo que es, en definitiva y por completo, una bellísima canción. Aún así, se piden prestadas, y se comparten.

 Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy,
por todo y a pesar de todo, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

 Por tu decencia de vidala
 y por tu escándalo de sol,
 por tu verano con jazmines, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

 Porque el idioma de infancia
es un secreto entre los dos,
porque le diste reparo
al desarraigo de mi corazón.

Por tus antiguas rebeldías
y por la edad de tu dolor,
por tu esperanza interminable, mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Para sembrarte de guitarra,
 para cuidarte en cada flor
 y odiar a los que te castigan, mi amor, 
yo quiero vivir en vos.

Seis momentos

29 Nov

Seis años con sonrisas, momentos de tranquilidad, miradas, besos, susurros, y otros que no se pueden explicar ni con imágenes.  
Te amo

fecha

24 Jun

Hoy no importa lo que diga o no diga por acá.  Hoy también te lo digo todo personalmente.

Máquina del tiempo

10 Mar
Hacía muchos años no escuchaba al negro Dolina.  Más que nada por esa idiotez de no escuchar Radio 10 por puro placer, hacerlo y despertarse al otro día con el brusco golpe al dial para no escuchar a Longobardi o González Oro podía derivar en la consecuente pérdida del aparato.  
En este caso, en la AM 870, Radio Nacional, puedo decir que lo redescubro con gusto.  Junto a Jorge Dorio y Patricio Barton, me devuelven un poco a otros años, en los que comencé a escucharlo.  Es ese momento de la noche en que apago las luces. Queda iluminada la pieza por el led de los coolers del gabinete de la pc, la cual casi siempre queda prendida realizando alguna acción. Allí me voy entregando al sueño, entre relatos fantásticos, humorísticos y una fórmula más que probada, la cual algunos acusan de vieja.  De pronto vuelvo a tener 15 años.  Me brota esa sensación, algo mentirosa, de que no tengo responsabilidades arduas o imposibles de aplazar.  De a poco, vuelvo a la adolescencia…
El problema es cuando al otro día, si tengo al suerte de poder levantarme más tarde como en este período pre facultativo, escucho la inconfundible voz de Héctor Larrea y comienza a subirme a la cabeza el pánico de tener que ir a la escuela primaria sin haber podido terminar el maldito trabajo de manualidades.