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Cuentos de un tipo – Sketch

27 Jul


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El tipo acumuló gran cantidad de monedas, en instinto previsor ante una eventual escasez (la cual era probable ante la cercanía de los meses de verano, claro que la cercanía era de más de 6 meses, pero en estos tiempos enl os que todo es efímero, aún el tiempo, sin dudas era un “a la vuelta de la esquina”). El constante sonajero en que se convertía el bolsillo del saco del tipo era, cuanto menos, llamativo a los menores cuyos oídos quedaban a la altura del molesto chin-chin.  En algunas cuadras fue llamado “el hombre chin-chin”, pero no llegó a ser siquiera una leyenda o mito, puesto el tipo acostumbraba a darse vuelta cuando sentía que alguien hablaba de él y a radiografiar sus puntos de vista con una mirada de “ojito”.

El tipo pagaba con monedas en el subte, con lo cual era visto también como un bicho raro en aquél nicho de tarjetas y por favor deme cambio. En una ocasión llegó a pagar 10 viajes con moneditas de 5 y 10 centavos, con lo cual, lo que en un principio fue de beneplácito para los cajeros, se transformó en algunos chines en un odio visceral por parte de la extensa cola que comenzó con quejas alusivas al tiempo, al subte que se me va, a la madre santa del tipo y a otras más inverosímiles como “me voy a perder Francella”.  Fue, sin dudas, esa frase la que motivó al tipo a volver su vista sobre sus hombros y expulsar un “hoy no es domingo, y no son todavía las 8 de la mañana”.   Grande fue la sorpresa del tipo al advertir que detrás de la sonrisa nerviosa de su más próximo seguidor en la fila se asomaba un bigote icónico.  La mueca del segundo se volvió hacia un solo lado y, ahora combinando su tono con una abertura exagerada de los ojos celestes, dijo “no, si es una cosa de locos, es”.

El tipo se volvió hacia el cajero, un joven imberbe que no llegaba a los 25 años, quien apuraba el conteo de moneditas con dos dedos y transpiraba un poco en su tarea de perderse para volver a contar.  Cuando finalmente recibió sus 10 viajes, el tipo agradeció (algo nervioso, no se puede negar) y se dijo a sí mismo no volver a acumular tamaña cantidad de monedas del menor valor, o, a lo sumo, gastarlas en un momento en el cual su cotidianeidad no fuera digna de un sketch barato.

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Cuentos de un tipo

12 Feb
El día que el tipo caminaba a tomar el colectivo (ese día había decidido tomarse el 12 en Montes de Oca) notó que algo extraño perturbaba ese camino- el cual hacía varios días que no tomaba-   Era una especie de bulto que obstruía el normal paso por la vereda.  Este tipo pensó que tal vez debía aventurarse hacia la calle, asfaltada, para poder pasar.  Aunque le parecía un esfuerzo innecesario, dado que la vereda no era un sitio adecuado para soportar este bulto.  A simple vista no pudo descifrar si era una bolsa de basura, un cartón maltrecho, o un montón de prendas de vestir usadas y tiradas.  De hecho, antes de jugarse a pasar sus piernas por encima del bulto (la calle no era opción, estaba minada de excrementos de perros y conocía que era famosa por la alta velocidad de algunos vehículos al pasar por allí) intentó inspeccionar un poco más de cerca al objeto.

Allí se sorprendió al percibir un silbido corto y ahogado.  Más se sorprendió al notar que el bulto despedía un olor pestilente.  Una mezcla de vino barato con vómito de quien ha comido frutas podridas. Instintivamente, el tipo, pensó en darle un certero golpe, ya que sin dudas se trataba de aglún ser vivo.  Pero no le entusiasmó la idea de ensuciar su zapato.  Motivo por el cual buscó algún objeto cercano.  Allí, apoyado sobre la pared de la fábrica abandonada por la cual pasaba, vio apoyado un bastón.

Sin importar la procedencia del mismo, lo tomó y de inmediato y con timidez casi absoluta, procedió a mover el bulto.  Ante los primeros 4 intentos no hubo reacción alguna. Al quinto, eso que estaba en el piso se incorporó.  En un solo movimiento abrió un par de alas enormes, de color negro, parecían de género.  Elevó lo que era su rostro. Era de tez blanca, pero estaba con un bronceado propio de unos 15 días en chapadmalal, sin uno solo de lluvia.  El ser bostezó.  Tenía los ojos rojos.  El tipo no sabía ante qué se encontraba, qué riesgo podía correr. Miró a todos lados alrededor pero no encontró nada.  Aún no eran las 6 y media de la mañana.  Se había levantado más temprano de lo usual.  Es que quería pasar por el kiosco de diarios a comprar el Clarín, que comenzaba ese día a entregar una serie de libros de suspenso que le interesaban. 

En ese pensamiento estaba cuando el ser le pidió el bastón.  Temeroso, el tipo se lo dio. El enigmático ser dijo “gracias, flaco” y se elevó en el mismo momento en que decía “no tomo más”. 

El tipo lo vio elevarse y desaparecer en cuestión de segundos.  Se escuchó un ruido metálico a unas cuadras.  El hombre del kiosco de diarios agarraba a patadas la puerta trasera que se trababa casi siempre.  El tipo buscó la billetera en el bolsillo interior del saco (ese día tenía ganas de usar saco para verse importante) y siguió su camino.  Tal vez pudiera hojear un poco de esa novela antes de entrar a trabajar.