Archivo | febrero, 2012

Noveno día de calor

16 Feb
Fue un día de agobiante calor. La ciudad transitaba entonces por el noveno día de una temperatura asfixiante. El lugar de trabajo de Milena contaba con un potente aire acondicionado que le permitía, durante esas 8 horas, recibir los llamados de los clientes de la empresa, quienes solicitaban, reclamaban y consultaban el estado de los productos que les eran enviados por mensajería. La mayoría eran reclamos, ya lo sabía, pero como cada trabajo de atención al cliente vía telefónica en los que había estado, este resultaba al menos confortante desde el lugar en que se permitía hacerlo. La hora de salida siempre era un infierno, y no fue la excepción esa tarde. A pesar de ello, por primera vez desde aquél entonces, ella decidió caminar desde las calles céntricas hasta el barrio de Monserrat, donde tenían el departamento de dos ambientes, el sueño de 5 años de ahorros sin vacaciones (más que algún fin de semana en la casa de sus padres en Mar de Ajó, donde siempre dudaban de si cruzar o no hasta San Bernardo para tomar algo, porque siempre en esos momentos la duda radicaba en cómo iba a volver Santiago, porque a Santiago si había algo que le gustaba, era tomar cuando salía, pero rara vez podía darse algún límite más que la séptima cerveza, aunque ella siempre supo que era así y lo amaba cuando lo miraba con aquellos ojos pardos que se entrecerraban en medio de una nube tóxica imaginaria y de caprichosas frases cargadas de ambivalencia y una poética mentirosa, ladina, marginal).

Esa tarde en particular, Melina pasó al chino a comprar algo para picar y para comer a la noche. Y se tentó cuando vio su imagen reflejada en una botella de Gancia. Se vio maquillada, con una ancha vincha color gris que marcaba el límite entre el cabello liso y tirante y la maraña de rulos que la acompañó desde su infancia (salvo un período adolescente donde no quiso saber nada con ellos, y se planchaba el pelo en cada instante que podía, al punto de que incluso fue a una peluquería a preguntar por un alisado definitivo, y eso que le habían avisado que la mujer era una chanta, pero no importó y entonces por esas cosas quedó con la mitad del cabello quemado y un corte posterior digno del hijo de una pareja de conservadores franquistas o tipos que no les gusta el fútbol, tal vez, o al menos así lo había ejemplificado una vez Santiago, con los ojos entrecerrados).

El departamento era “bonito”. HabIan llegado a amueblarlo juntos, incluso habían visto las últimas películas en el sillón, ella había visto a Santiago jugar con la consola que tanto deseó durante el último lustro que estuvieron juntos. El aire acondicionado vino después, tal vez por eso le daba hasta un poco de culpa usarlo. Esa tarde, la novena con tanto calor, Malena preparó una bandeja con quesos cortados en cubos, galletitas, y abrió la botella de gancia. Llenó una pequeña heladerita personal con hielos, se sentó en el sillón y buscó en la caja de terciopelo verde, una pequeña caja que mantenía al lado del sillón, un dvd. Este tenía con marcador impreso el número VIII (si había algo que le encantaba a Santiago era poner todo con números romanos, una manía, una obsesión, un hobby, un chiste).

Desde el televisor llegaba la imagen de Santiago. Sus ojos estaban bien abiertos, su boca pálida. Vestía un suéter verde (claro, el invierno le gustaba a Santiago porque le permitía mayor movilidad, según él) y la cintita roja que ella le regaló antes de la primera sesión de quimio. El Santiago arrasado por la radiación comenzaba, en este video, recordando la anécdota de la peluquería que tantas veces le había relatado Malena (la tele estaba fuerte, a ella le encantaba escuchar su voz, por eso él le grabó cuentos y otros videos más, tal vez por el elevado volumen y la cantidad de alcohol que había consumido Malena, no escuchó cuando el edificio empezó a resquebrajarse, justo allí, en ese octavo piso aquél noveno día de tanto calor).

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