Archivo | septiembre, 2008

Prejuicio y opinión

24 Sep
Todos siempre estamos abiertos a los prejuicios. Los aceptamos como cuestiones naturales, impustos por la sociedad o un grupo respecto de otro. Hay miles que no conviene estar describiendo, porque seguramente sería para un post o trabajo más elaborado. Particularmente cuando me descubro en uno de esos prejuicios me asusto de mí mismo, pienso que estoy mal, intento darle la vuelta, y al fin y al cabo todo termina siendo un chiste, uno puede encubrir el prejuicio en el humor pero la verdadera hazaña es no sentir realmente ese rechazo hacia el otro. Son poquísimas las ocasiones en las que uno puede investigar y coincidir con ese prejuicio. En los medios eso parece más aceptable. Una radio es fascista, la otra oficilialista, un conductor es puto, otro es un salame.

Por cuestiones de laburo pude, durante casi 5 meses, comprobar durante una hora diaria, que Baby Etchecopar cumplía todos los prejuicios que tenía para con él. Pseudo machista, intolerante, agrandado, soberbio. Tras un par de semanas traté de encontrarle el lado humorístico, para no putear ante cada palabra, pero no pude, esto ya es mi opinión: es el único tipo en los medios que dice ser periodista y no lo es, que dice ser comediante y no lo es, que piensa haber hecho historia en la televisión por sólo darse el lujo de insultar a cuanta vieja chapa lo llama. Está claro que el éxito que puede tener su programa está solamente basado en que la radio hizo el mayor movimiento marketinero tras obtener de manera poco clara la concesión de AM 710. En cada una de sus frases se nota resentimiento, con todo los demás, como si no entendieran un genio que es inexistente. No sé cómo habrá sido su vida anterior al ser conocido, pero si tuvo algo de talento se fue con su cabellera. Se pone en la vereda frente a Pergolini como si eso fuera modo de darse una ideología, no lo es. No se sabe si está contra aquella imagen vendedora del rebelde de pelo largo o ante el empresario que hace lo mismo que el dueño de la radio para la cual trabaja. Habla mal de Romano por sus actuaciones como el Ché Guevara intentando ratificar que su propio producto de ficción, Contrafuego, fue un super éxito, el cual no solamente fue un fracaso, sino un producto malísimo al cual se puede adoptar nada más en el plano bizarro y absurdo de que algo tan malo haya salido al aire.

Tras todo esto, siempre me pregunto qué se puede esperar en un tipo que dice tener calle sólo por haber plantado árboles en el Pacheco’s Golf o por haber conocido un lugar donde venden hamburguesas, antes de que sea asaltado y asistieran 10 personas más, en San Isidro.

Seguro

16 Sep

… que con lo que nos vamos a ahorrar del tren bala, ahora sí se va a invertir en el Sarmiento, Roca y Belgrano para que viajemos como corresponde.

… que con los satánicos que aparecieron en Rusia, va a surgir alguna tribu urbana de ese estilo en el abasto.

… que si la gente que se duerme escuchando a Longobardi, se despertara con Baby Etchecopar, cambiaría de radio.

… que si viene Luciano Figueroa a Boca fracasa como el Pampa Sosa, Jairo Tréllez, Saturno, Perazzo, Morete y demás.

… que en la reunión Basile-Grondona no hubo ninguna imposición absurda como volver a citar a Hernán Crespo.

… que aprovechando el boom de las comedias románticas argentinas, en cualquier momento algún Echarri arruina todo.

… que a Guillermo Caporaletti no le debe gustar tanto estar en Parque Roca como en el estadio de Roland Garrós.

… que a David Nalbandián le da más o menos lo mismo jugar en Parque Roca o Roland Garrós, total se va de joda lo mismo.

Se viene, se viene

16 Sep

Con todo lo que está pasando en el mundo, ¿alguien duda que en el 2012 todo cataplumea?

Una canción sobre musas que sirvió de musa

3 Sep
… escribir una canción aunque no haya
algún pretexto, dedicarsela al primero que vaya caminando
… al olvido selectivo, a la memoria perdida
a los pedazos de vida, que no vamos a perder jamás.“-

Andrés Calamaro

El olvido selectivo nunca fue una gran virtud en la vida de Andrés. Solía dejar a un rincón las situaciones importantes, aquellos momentos felices, y en cambio atesoraba los momentos más mustios para retrotraerse a ellos en los días nublados y oscuros, pero también en los momentos en que el sol abrazaba su calva aún debajo de la boina que había heredado de su padre. La boina era de un color verde, a cuadros, estilo escocesa, y no era parte de la tendencia que indican las modas. De hecho, no lo había sido en los últimos 20 años, momento en el que Andrés tomó conciencia del dichoso detalle, que si bien no era de su total importancia, guardó en un rincón muy apartado de aquellos de donde las telarañas no eran tan frecuentes. En esos rincones se mezclaban besos que nunca existieron, fiestas a las que no había sido invitado, rechazos con flores en las manos, discos rígidos que bruscamente habían decidido terminar con su vida útil en momentos cruciales, entrevistas laborales que lo dejaban cabizbajo y con preguntas sin responder. Pero también había actos escolares en los que sufrió la risa del público, canciones que recordaba porque le resultaban horribles y hasta una foto que recorrió el barrio con su total descontento e indignación. Una tarde, al llegar a la estación de Villa Luro, recordó una linterna que había comprado a un vendedor ambulante con la promesa de que podría recargarla cuantas veces quisiera y alumbraría 500 metros. Nunca pudo llegar a prender la lamparita.

Cierto día, Andrés se paró en seco en el living de su hogar. De pronto había olvidado todo. Miraba los muebles y no encontraba motivos para no sentirlos suyos, para no sentarse en el sillón mullido y disfrutar de prender la tele y ver una película, que sin dudas sería nueva, no tenía recuerdos de haber visto ninguna en su vida. Abrió la heladera y encontró una botella de cerveza que se le antojó refrescante. En un cajón tenía maní, un chispazo le recordó haberlos comprado un día distante entre nebulosas y chinos curiosos. Mientras buscaba encontró, colgado en una percha, la boina escocesa de su padre. Recordó entonces no el momento en que debía despedirse para siempre de aquél hombre bueno de rasgos serenos, sino el día en que, caminando por la calle, soleado como pocos, él iba haciendose vicera con la mano, hasta que su padre le acomodó la boina por primera vez. Se creyó grande. Andrés sonrió y dejó escapar, en una lágrima, un torrente de alegrías que tardarían mucho tiempo en abandonarlo.